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lunes, 8 de agosto de 2016

Un texto de Leonardo Castellani.

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Palabras pronunciadas por el padre Castellani en la cena que se le ofreció el 5 de diciembre de 1970 con motivo de citmplir sus 70 años de vida y sus 50 de escritor

Lo primero que debo hacer es agradecer esta gran manifestación de amistad, grande en cantidad y más aún en calidad. Esto significa algo, nosotros queremos que signifique algo. Tuve que aceptar este homenaje más por el bien común que por mi propia vanidad. Eso de “homenaje” parece cosa más bien de Rotary Club o La Nación diario en su centenario. Pero recordé que Cristo aceptó un homenaje; aunque lo aceptó como preparación para una buena muerte; y dijo defendiendo a la mujercita que le echaba aceite sobre los pies y se los enjugaba con su cabellera —cosa difícilmente agradable— que la dejaran hacer, porque eso significaba que Él ya estaba muerto, Del mismo modo aquí yo debo pronunciar mi testamento. O para no ser romántico, mi despedida. ¿Despedida de soltero o de casado? Parece que de casado, porque dicen que son mis bodas de oro con la literatura, con la cual jamás me he casado. Pero en fin, algo había que inventar; porque solamente el tener 70 años no tiene mucho mérito. Puede que tenga el mérito de la experiencia. Lo único que le queda al viejo es la experiencia.

La experiencia es un modo de conocer que se refiere a uno mismo por un lado y por otro a las cosas; pero a las cosas que han pasado por uno; de modo que es un conocimiento enteramente cierto, indubitable; porque no es conocimiento de oídas; y eso es lo que significa esa frase aparentemente disparatada del filósofo Kirkegor; “La subjetividad es la verdad”; lo cual quie­re decir que la única verdad verdadera, segura y vital que poseemos es aquella que está enzarzada con nuestra propia existencia. Todo lo demás, aunque no sea despreciable, son saberes “de oídas”. Y por eso en los juicios criminales de las naciones anglosajonas el testigo debe atestiguar solamente de cosas que él ha hecho o ha visto, no las que ha oído: hearsay!, le objetan: o sea ¡díceres!

Por tanto debo atestiguar mi experiencia de 50 o más años; no lo que dicen los libros que he leído o los sabios que he escuchado; y esa experiencia a lo primero resulta sombría, pero a una segunda consideración resulta más alentadora. Por tanto, si me dejara llevar del afecto de melancolía, que es propio de los ancianos, debería glosar lo que decimos cuando nos encontramos los de mi edad, que ya van quedando pocos: ‘‘somos una generación sacrificada” – “hemos fracasado” – “La Argentina no tiene remedio, es un país malnacido”, o bien es “un país cretinizado por 100 años de mala educación”, como dijo el yerno de Mussolini en su Diario.

Pero si vamos a ésa, la generación anterior, la de Lugones y Lisandro de la Torre —cuyos dos suicidios son para nosotros un dolor inconsolable y una severísima advertencia de Dios—, también fue una generación fracasada; y la que nos sigue, la de Soler Cañas y Armando Cascella, también fracasada; de modo que ¡todas las generaciones serían sacrificadas! Y por desgracia, en un sentido, ésa es la verdad religiosa: la vida del hombre pasa como un soplo y desemboca en la sepultura, y todo lo que ha hecho por regla general también se lo traga el tiempo. Ahora veo cuán verdad es ese lugar común de que la vida pasa, volando.

“Y pues vemos lo presente

cómo en un punte se es ido

y acabado,

si juzgamos sabiamente

daremos lo aún no venido

por pasado”.

De modo que la primera parte el este protocolo consistiría en quejarme que la Iglesia me ha perseguido y la Patria me ha pospuesto y postergado; y de ahí concluir que hay un estrato de vitriolo en el fondo de la Iglesia y un gusano inmortal en el seno de la Patria. Pero después deso tendré que confesar que la Patria me ha dejado vivir —lo cual no es poco— y la Iglesia me ha enseñado la fe de Cristo.

En medio del camino de mi vida, la Iglesia, a la cual había estado sirviendo bien o mal y amando – sí – tranquilamente, se me dio vuelta y me mostró una figura de hiena, altro que Madre; la cual figura se me aparece de nuevo cada día que hay viento norte. Fue la mayor tentación de mi vida, una tentación contra la Fe —la cual como digo, vuelve a veces—, tentación que pisaba sobre hechos indubitables, o sea hechos de experiencia. Su formulación era ésta: Si la Iglesia me persigue gratuitamente, no es una sociedad fundada por Cristo, la sociedad santa que nos enseñaron. La respuesta —sencilla pero difícil de actuar— era: Esto no es la Iglesia. Pero es la Jerarquía de la Iglesia, la más alta Jerarquía. No toda la Jerarquía; y algunos cuantos miembros de la Jerarquía, por altos que estén, no son la Iglesia. La Iglesia son los santos, los humildes, los rectos, los que tienen fe actuosa, los jerarcas iluminados sean pocos o muchos, la inmensa masa de los que practican la doctrina de Cristo calladamente. La Iglesia no se conoce por los vestidos colorados; es más difícil de conocer que eso.

Puesto que la tentación va de vencida, los hechos que la fundaron no hay por qué contarlos; y en parte han sido contados ya por mí, pero transformados en material poético o novelesco, no como quejas o reproches lo cual fuera vileza. Que para eso sirven las experiencias adversas, para volverlas experiencia poética o filosófica o práctica, justamente. Sin embargo, voy a aludir al último episodio que muchos conocen, para que se vea la capa de vitriolo que hay en el fondo y que lanza radios [vitriolo: vidrio y ácido; radios: rayos, directo del latín] hacia la superficie, que no fue una casualidad sino que permanece. Dios me hizo como una sonda viva para que tocase el vitriolo; y cuando el ácido me estaba por devorar, me sacó arriba armado de una nueva terrible experiencia, una inesperada sabiduría.

La última vitriolada es pues la siguiente; hace cosa de un año vino una orden de Roma a los padres paulinos de que no editaran ningún libro de Castellani, pretérito, presente ni futuro. La orden fue oculta, a mí no me dijeron nada. La orden provino de la Congregación del Santo Oficio, cuya competencia son los errores y herejías; pero no me quisieron decir qué herejía había yo perpetrado. El derecho canónico y una bula de Benedicto XIV mandan que sí un cristiano se despeña en un error, se le avise; y recién se lo condene si después de dos avisos no se corrige. Aquí se procedió al revés: se sentenció primero y no se avisó nunca. Como los salesianos y los verbodivinos se enteraron de la orden a los paulinos, y como, haciendo celo, se dispusieron de inmediato a cumplir lo que nadie les pedía, heme aquí que no puedo editar ni reeditar ningún libro religioso mío —y libros no religiosos no tengo ganas de hacer—, porque mis libros religiosos, obviamente no puedo ir a Losada, Emecé o Sudamericana con ellos; y como tengo que ayudarme de mis libros para comer, pues la picola jubilación de periodista no alcanza para comer, ayúdenme a pensar. O sea, el disparo eclesiástico partido de las Tinieblas apuntaba a la barriga; conforme decían los rojos catalanes durante la última guerra civil española: “Apunteu a la barrigue”.

Me dirán: bien, sabido es que de Roma viene lo que a Roma va; y bien sabe usted de quién partió aquí en Buenos Arres la denuncia que en Roma se convirtió en sentencia. No vale: pues el que convirtió la secreta denuncia en secreta sentencia es el más alto organismo jerárquico de la Iglesia; el cual debería tener la obligación —no sólo como santo sino aun como racional- no sentenciar sin oír. El gran pensador suizo Gonzaga de Reynolds me dijo una vez, cuando estuvo aquí en Buenos Aires: “No hay en el mundo sociedad más desagradecida que la Iglesia Católica”. Mas en este caso se podría encarecer más, diciendo que no ya sólo la virtud de la gratitud, sino la simple virtud de la honradez han sido atropelladas aquí; pero, como está dicho, se niega que venga propiamente de la. Iglesia.

Éste es uno de los rayos de vitriolo que parten del forado inficionado de la Iglesia actual: el depósito de vitriolo se llama fariseísmo; y dese depósito viene la perturbación y crisis actual. Siempre ha existido; y las grandes perturbaciones de la Iglesia actual de allí deben de venir. Ahora bien, el fariseísmo fue la Sinagoga, la que dio muerte a Cristo; pero el fariseísmo no es la Iglesia. ¿Y quién es, pues la Iglesia en este caso? En este caso la Iglesia sería yo, como “siguiendo los preceptos del Señor y sus divinas enseñanzas nos atrevemos a decir”; como cuando condenaban a San Basilio la Iglesia era San Basilio, cuando condenaban a San Atanasio la Iglesia era San Atanasio, cuando condenaban a Juana de Arco la Iglesia era Juana de Arco: y lo mismo en 10 otros casos, San Juan de la Cruz, el arzobispo Carranza, el Beato Oriol, el padre Coloma, Jacinto Verdaguer. ¡Quién me iba a decir a mí: cuando joven en el Colegio del Salvador había un padre muy pomposo, majestuoso y prosopopéyico, el padre Isem, al cual por eso le pusimos el apodo de la Iglesia Católica; y ahora resulta que en justo castigo soy yo la Iglesia Católica en confronto con el padre Mejía”.

Dejando esto, y pasando a la Patria, es el mismo cuento. Ustedes tendrán sus propias experiencias, pero mi propia experiencia es que la Patria me ha puesto al margen de sus movimientos, me ha hecho ciudadano de segundo orden, me ha cargado como escritor con la conspiración del silencio, me ha exonerado de mi trabajo cinco veces, y en algunos lapsos no me ha dejado ejercitar ninguno de los tres oficios que sé, o sea: sacerdote, profesor y escritor. Son oficios que estudié bien; y ha habido trechos en mi vida en que no podía ejercitar ninguno. Podía haberme agregado a la “emigración de los técnicos”; pero no lo hice. Me quedé aquí. Incluso lo juré.

La respuesta a esto es la misma. No son la Patria los que actualmente y desde hace mucho tiempo mangonean el país a su gusto o a gusto del diablo: ¡La Patria son ustedes! No es la patria la ideología liberal, la plutocracia mercantil ni el imperialismo extranjero; esas cosas no se pueden consagrar al Corazón de María. Alguien dijo que puede ser que Onganía se haya convertido anteayer al hacer su consagración; pero en este caso va a tener que cambiar una cantidad de cosas que ha hecho. Si no comienza a cambiar una cantidad de cosas que ha hecho, no se ha convertido nada y menos consagrado; y tanto peor para él.

¡Cómo va a ser la Patria esta inmensa laguna en que andamos braceando con desesperación, nadando contra corriente y empantanándonos sin poder ir ni atrás ni adelante; esta casona derruida donde respiramos aire gastado, comemos pan duro, estamos inundados de mentiras y pamplinas, leemos o vemos cada día cosas que nos dan en rostro, estamos vejados por el cretinismo ambiente y creciente, soportamos vergüenzas nacionales. La Patria son ustedes. Entonces la Patria real ¿es muy chica? No lo sé, puede que sí, puede que no. Pero la Patria son ustedes.

Y si la Iglesia somos nosotros y la nación real —no La Nación diario— somos nosotros, ¿qué porvenir nos espera?

Un buen porvenir. Después de lo que ve la melancolía del anciano, viene lo que ve la juventud renovada por la fe; pues el salmo 102 dice: “Dios puede renovar mi juventud como la juventud del águila”, o sea del Ave Fénix.

La Iglesia está en crisis. Bien. ¿Es la primera crisis en su historia? No es la primera crisis, aunque los pesimistas dicen es la última. Se puede decir que, en cierto modo, la Iglesia ha andado en crisis siempre; y hasta hoy ha salido de todas y ha salido con ganancia. Baste recordar aquí la histórica frase de San Jerónimo cuando la crisis arriana del siglo IV: “El mundo se despertó un día y se espantó de verse arriano”. O sea, la herejía de Arrío, acompañada de tremenda persecución a la Iglesia, se había propagado en forma fulminante, adoptada por los emperadores y el ejército romano. De la noche a la mañana, como si dijéramos, el mundo se encontró hereje; y sin embargo poco después, cuando San Jerónimo escribió, la pesadilla había pasado.

La crisis que dio origen al Protestantismo fue algo parecido. El gran teólogo San Roberto Belarmino creyó que era la Gran Apostasía, predicha por San Pablo, tras de la cual ha de venir el Anticristo y el fin del tiempo; y la razón que lo movía era que la Pseudo Reforma era la herejía más grande que había habido “y podía haber”’ pues al cortarse de la Iglesia Visible y librar la religión al libre Examen (o sea el capricho individual), abría la puerta a todas las herejías posibles, como de hecho sucedió en el mundo protestante; en el cual existen actualmente si no me equivoco 200 religiones diferentes o denominaciones, como dicen ellos; a no ser que sean 300. Desde que Lutero aseguró a cada lector de la Biblia la asistencia del Espíritu Santo, esta persona de la Santísima Trinidad empezó a decir cada macana que tembló el misterio; y que me perdonen mis hermanos separados, pero me es imposible tomarlos demasiado en serio.

Desa pavorosa crisis que parecía iba a barrer con el cristianismo romano, la Iglesia Romana salió con graves pérdidas pero también con mayores ventajas; creció incluso numéricamente, a causa de la evangelización de América por España. El Protestantismo siguió el curso que le habían predicha los mejores teólogos; es decir, se desmigajó, y se sometió a los poderes polí­ticos; y si no desapareció del todo fue porque readaptó una cantidad de cosas que había comenzado por repudiar, como las parroquias, el sacerdocio, los obispos, la liturgia, e incluso, la comunión, los anglicanos y los luteranos. El Protestantismo fue combatido por Roma como una siniestra herejía por tres siglos, desde Belarmino a Newman; y si ahora la Iglesia parece haber aflojado respecto a él, es porque la situación ha cambiado; o sea, brevemente hablando, los que ahora nacen y son educados en el seno de un país protestante no son ya como los primeros protestantes, renegados y apóstatas: son como nosotros, maleducados.

Pero algunos dicen que la crisis actual de la Iglesia es peor que la crisis del siglo XVI; y yo creo lo mismo, después de haberlo largamente considerado. Bien ¿y qué? La mano de Dios no está abreviada y Dios puede conceder al mundo lo que Belloc y Chesterton tanto han deseado: la conversión de Europa; y la conversión de Europa sería entonces la resurrección del mundo. Las otras grandes crisis de la Iglesia, no se veía durante ellas como podían solventarse; y se solventaron, Así tampoco veo yo ahora cómo puede solventarse el presente berenjenal; pero eso quiere decir que Dios no vea mejor que yo las berenjenas.

Si la crisis de la Iglesia se solventa, la crisis de la Argentina se solventa; porque su raíz más honda es de índole religiosa. Dicen que esa crisis consiste simplemente en la lucha entre federales y unitarios, los unitarios estando actualmente triunfantes y los federales derrotados. (Yo soy federal santafecino del mariscal don Estanislao López; y por lo tanto es justo esté derrotado). Yo diría más bien que la lucha es entre los logistas, o sea masones, los cuales están triunfantes, por medio principalmente de los católicos llamados mistongos, y la sencilla e ingenua fe de los que en otros tiempos enarbolaron un estandarte que decía: Religión o Muerte, y ahora no se atreven a hacer lo mismo y enarbolan un estandarte que dice: “Una esclavitud confortable; que sea confortable y además lleve el nombre de LIBERTAD”.

Llegamos; pues a la profecía sobre la Patria.

He dicho antes que ustedes son la Patria, porque sé que hay muchísima gente como ustedes en todo el ámbito del país; y mediante ellos estoy yo vivo todavía y séame lícito mencionar de paso a monseñor Roberto Tavella, el doctor Alberto Graffigna y el finado Enrique Von Grolman, el señor don Florencio Gamallo, el padre Llussá y el padre Furlong, dejando otro montón entre mis bienhechores. Este montón incalculable de gente, que son los argentinos antiguos, esperan la salvación de la Patria de la bondad de Dios y de sus propios esfuerzos; hasta hoy por desgracia aislados, dispersos y aparentemente inútiles. Y mientras ellos existan, aunque sea como generación sacrificada, la redención de la Argentina es posible.

—Así que usted cree que la redención de la Argentina es posible.

—Sí, pero no la creo fácil.

—Y ¿cómo se iría a verificar?

—El cómo creo no hay un solo hombre en el mundo que lo sepa.

—¿O por lo menos, por qué camino?

—Días pasados me decía Octavio Maestu que no por el camino de cambiar estructuras, sino que deben cambiar los hombres, o sea los ánimos, o las ánimas. En realidad de verdad, ambas cosas deben cambiar, juntas y recíprocamente; o sea en causalidad recíproca, como dicen los filósofos. O sea, para repetir una cosa ya muy conocida, que Dios nos exige un cambio juntamente político y religioso. El cambio religioso es el más importante pero el cambio político es el más urgente: y ninguno de los dos puede darse solo. Y aunque para algunos conocidos míos estas dos cosas, religión y política, son distintas, y aun opuestas, y “hay que dejar la política y hacer sólo religión” dicen; es fácil de ver dónde estas dos cosas se tocan y conectan, que es en el Reino de la Verdad. Rendir culto, cultivar y resguardar la verdad, aunque sea acerca de Rosas, es hacer a la vez religión y política. Porque la Verdad es Dios, dijo crudamente Quevedo; o sea, el hombre ve las cosas porque existen y las cosas existen porque Dios las ve; y eso es la Verdad, una trascendencia que está colocada entre los hombres y Dios y tiene relación con ambos intelectos. Y así el Dios que se hizo hombre fue el Logos, es decir, la Verdad. “Nuestro Dios es el Dios de las cosas como son. Nuestro Dios es el Dios que es”.

—¿Y Ud. cree que lo va a ver?

—Sí, yo creo que lo voy a ver, desde este mundo o desde el otro.

Veré la conversión de Europa precedida ojalá de la conversión de la Argentina, la cual hemos de desear y procurar lleve la delantera, o al menos no vaya de baticola. Y si yo no veo eso, veré el gran desbarajuste atómico, en el cual el cielo y la tierra pasarán con gran estruendo, como dice San Pedro en su Epístola II, para dar lugar a la Reconstrucción Total y Definitiva a cargo del Dictador, y Taumaturgo de Nazareth, que, conforme a nuestra fe, algún día para eso solamente tiene que volver a la tierra, de la cual nunca se separó demasiado ni puede separarse, como indica ese nombre de Parusía. Porque una de dos: esta crisis atómica —y estas convulsiones entre trágicas y grotescas del mundo actual— o es la última crisis o no es la última crisis. Si no es la última crisis, entonces pasará y con ello pasará también la crisis argentina, aunque no sin que nosotros cinchemos; porque de arriba y gratis no dan nada hoy día; y sí es la última crisis, precursora del gran tumbo y voltereta, entonces debemos trabajar lo mismo hasta estar seguros de que ha llegado, aunque no para impedirlo, porque ya no habrá caso, sino para salvamos. Y la salvación consistirá en levantar las cabezas, animarnos y alegrarnos —lo cual no será fácil— porque así lo mandó Cristo. “Cuando veáis que todas estas casas comienzan”. . . , dijo; o sea, la Gran Apostaría, la persecución a los cristianos veros y el Evangelio ya predicado a todas las gentes; precedidos estos Tres Signos, del Presigno que son “guerras y rumores de guerra”. “Cuando estas cosas comiencen, levantad vuestras cabezas, porque vuestra salvación está cerca”.

Vaya un donoso consuelo que ha venido usté a darnos aquí; desde el principio del discurso —y menos mal que ya se acaba— ha estado recordando la muerte; y menos mal que no adornó la mesa con calaveras. No. Hemos estado recordando la Resurrección: la Resurrección del mundo, la Resurrección de la Argentina y la Resurrección de cada uno en particular. Y por eso hemos adornado la mesa con flores.

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